Este viaje causó tanto impacto en mí, que decidí escogerlo como tema para redactar una crónica. Aquí la tenéis:

Salgo del avión sujetando bien mi maleta. ‘¡Con el pie derecho!’, exclamo mirando seria a mi compañero y rindiendo culto a la superstición con una de mis mayores manías. El aeropuerto es inmenso, me atrevo a decir que es el más impresionante de todos en los que he estado. Aun así, estoy inquieta, y en poco tiempo ya he sentido el cambio de aires.

Me asombra cómo no hay mujeres en los puestos de control y de información. Como si de un acto reflejo se tratara, me abrocho la blazer porque esto me hace recordar las palabras de mi madre: ‘nosotras allí somos menos, protégete y no enseñes el cuerpo’.

Es posible que su preocupación constante influyera en mis nervios. No tengo internet, lo cual, como persona dependiente de las tecnologías, me hace sentir aún más vulnerable. Además, el wifi no va bien, y no encontramos a nuestro taxista.

Tras unos minutos bien largos de espera y en los que Carlos pone en práctica sus habilidades tranquilizantes, un tipo delgado aparece entre la muchedumbre con un cartel que señala que nos buscaba tanto como nosotros a él. Suspiro al leer las palabras ‘Miriam de Góngora, riad Penelope’. Sonríe al ver mi reacción y se acerca, alzando la mano y esbozando una amplia sonrisa. ‘Bienvenidos a Marrakech’, nos dice en francés, momento en el que me alegro de los años de colegio estudiando el idioma.

Veinte minutos de trayecto en coche, en los cuales practico mi dominio de palabras francesas, llegamos a nuestro destino. O eso creemos. Un hombre mayor, que nos esperaba con una carreta, coge nuestras maletas. El conductor del taxi nos explica que el coche no puede llegar a la puerta de nuestro riad, que él nos acompañaría.

Son las 11 de la noche, hora no recomendable para transitar por las calles de esta ciudad. Las calles están prácticamente desiertas, a excepción de algunos hombres con malas pintas que nos miran cuando pasamos, ante lo que agarro con más fuerza el brazo de Carlos.

Cuando pensamos que las calles no pueden estrecharse más, nos introducimos en unas que, además de no dejar apenas espacio, conforman una especie de laberinto.

Llegamos al riad después de más tiempo del que hubiéramos deseado descubriendo estas calles. Es pequeño y acogedor. Deducimos que hospedaría a unas diez personas, dos de las cuales éramos nosotros. Deshacemos las maletas, planeamos parte del día siguiente y caemos rendidos.

La alarma suena a las 9. Nos vestimos y desayunamos junto a las demás parejas. Correcto. En total sumamos diez personas. Las mujeres que sirven y que, aparentemente siempre se encuentran en el riad, son agradables y nos sirven café, zumo, yogur, tostadas y múltiples pasteles.

Un par de cafés e innumerables tostadas más tarde, salimos del riad y caminamos en dirección al gran zoco. Como de costumbre, desde el momento en que pongo un pie fuera estoy disparando cada detalle con mi cámara.

La noche en Marrakech no tiene nada que hacer con la mañana. La luz, que embellece los colores rojizos de la ciudad; y todos los productos de las tiendas fuera, caóticamente expuestos a los ojos de los turistas, hacen ver la esencia del lugar que visitamos.

He de admitir que no estoy tan nerviosa como en nuestra llegada, pero aún habita algo de tensión en mí. Me percato de que no puedo mirar un solo objeto sin que el propietario de la tienda me pregunte qué precio le pongo. Esto hace en algunas ocasiones que deje atrás posibles compras.

Atravesamos los zocos hasta que llegamos a Jemaa El-Fna, la principal plaza de Marrakech; nos acercamos a la Kutubía, mezquita a la que muchos se refieren como “prima de la Giralda”; y visitamos un par de calles más, en las que se encuentra algún que otro hotel de lujo.

Para comer, vamos a ‘La Cantine des Gazelles’, sitio que había descubierto en varias cuentas de Instagram y en TripAdvisor. Las críticas eran ciertas: nos hartamos de cuscús y de pollo con verduras por un precio razonable.

Decidimos seguir perdiéndonos por los zocos después de tener el estómago lleno, sin saber que acabaríamos perdiéndonos de verdad. Finalizamos algunas compras y localizamos ‘Café des Épices’, una terraza preciosa que daba vistas a una plaza con alfombras entre los zocos.

También vemos la Kutubía y los tejados de algunas casas. Con esto nos damos cuenta de algo con lo que no nos percatamos desde el suelo: no hay lugar que no se encuentre en ruinas, ni casas sin destrozos.

La vuelta al riad es más difícil. Descubro que las botas que había elegido para patear la ciudad no son el mejor calzado, porque siento que mis pies están a punto de comenzar a fallar. Esto se suma a que está anocheciendo, y que, a pesar de activar los datos móviles ante la desesperación, y de disponer de Google Maps, no encontramos el camino correcto.

Los nervios me superan hasta que, después de caminar durante media hora el laberinto por el que el señor mayor nos había guiado la noche anterior con la mayor soltura del mundo, llegamos a la entrada del riad Penelope.

Siento que nunca he estado tan feliz de ver una puerta, y que si algo tengo claro para el próximo día, es que tengo que esta vez tengo que usar mis dotes como fotógrafa para capturar los caminos.

Es temprano y falta tiempo para que nos entre el cansancio. Así que reflexiono. Es increíble. Vivimos a una hora de otra faceta completamente distinta del mundo. A una hora de un lugar en el que nadie se fía de nadie, en el que la pobreza inunda las calles, en el que te sientes menos valorada por ser mujer, y en el que la gracia de perderse al llegar a casa, se sustituye por verdadero miedo.

 

Aquí tenéis el planning sintetizado de lo que hicimos aquellos días:

Y aquí el álbum de fotos: