Os resultará extraño, y puede que un tanto exagerado, pero os puedo prometer que Alentejo fue una medicina para mi alma. 

Cuando supe que iba a ir a Portugal un fin de semana con tres de mis mejores amigas, no pensé que fuera a descubrir un lugar tan precioso. Había estado en Portugal otras muchas veces: en Lisboa con mi familia y en playas del Algarve, situado al sur del país, muchas veces en verano. 

Me imaginaba algo del estilo. Playas con muchas olas y repletas de turistas, en su inmensa mayoría españoles, jugando al ping pong y deleitando al resto con olor a filete empanado y a tortilla. 

Pero no. Alentejo no tuvo nada que ver con esto. Casi todas las calas a las que fuimos estaban desiertas, y con esto me refiero a que parecían nuestras. 

Nuestras… y de Paquito, el perro de mi amiga Berta, que cómo no, tenía que acompañarnos en esta aventura. 

Descubrí que Alentejo es un lugar que se deja fotografiar. Un lugar lleno de paz que me hizo muy feliz. Por eso, os dejo este álbum de la experiencia que vivimos ese fin de semana. Espero que os guste.